Aventura y Naturaleza

Fallece James Watson, Co-Descubridor de la Doble Hélice del ADN

Tiempo de Publicación : 2025-11-10

El mundo de la ciencia despide a una de sus mentes más influyentes. James Watson, el científico laureado con el Premio Nobel, conocido por su papel fundamental en la decodificación de la doble hélice del ADN, ha fallecido a la edad de 97 años. Su partida deja tras de sí una herencia dual: por un lado, un avance científico sin precedentes que redefinió la biología moderna; por otro, un rastro de polémicas generadas por sus declaraciones y posturas.

Un Viaje a Través del Legado Científico de James Watson

El 10 de noviembre de 2025, el ámbito científico se vistió de luto con el anuncio del fallecimiento de James Watson, una figura cuyo trabajo alteró la comprensión de la vida misma. A los 97 años, Watson dejó este mundo, pero su espíritu perdurará a través de su contribución más célebre: la elucidación, junto a Francis Crick, de la estructura de doble hélice del ácido desoxirribonucleico (ADN). Este descubrimiento, que les valió el Premio Nobel en 1962, fue el pilar que hizo posible la posterior secuenciación del genoma humano.

En la primavera de 1953, Watson y Crick, en el Laboratorio Cavendish de la Universidad de Cambridge, revelaron en la prestigiosa revista Nature la intrincada estructura helicoidal del ADN. Esta visión pionera no solo desveló el portador de la información genética de todos los seres vivos, sino que también revolucionó campos que van desde nuestros orígenes evolutivos hasta la comprensión de las enfermedades hereditarias. El propio Watson, con una mezcla de orgullo y asombro, manifestó décadas después que había realizado “el descubrimiento del siglo”, un hito que profundizó el autoconocimiento humano de manera comparable a la teoría de la evolución de Darwin.

La carrera temprana de Watson comenzó en Chicago, donde nació el 6 de abril de 1928. Su fascinación por la genética se encendió a través de un pasatiempo compartido con su padre: la observación de aves. Ingresó a la Universidad de Chicago a los 15 años, obteniendo su licenciatura en zoología en 1947 y un doctorado en la Universidad de Indiana tres años después. Su investigación posdoctoral sobre el efecto de los rayos X en bacteriófagos en la Universidad de Copenhague lo llevó finalmente a Cambridge, donde conoció a Francis Crick, el colaborador que cambiaría el curso de la historia científica.

El camino hacia la doble hélice no estuvo exento de controversias. La famosa “Foto 51”, obtenida por la biofísica Rosalind Franklin a través de cristalografía de rayos X, fue crucial. Maurice Wilkins compartió esta imagen con Watson y Crick sin el consentimiento explícito de Franklin, una acción que generó un debate ético duradero sobre el reconocimiento de las contribuciones científicas. A pesar de que Franklin había fallecido en 1962 y no pudo compartir el Nobel, el desdén de Watson hacia su papel en su libro “La doble hélice” ha sido objeto de fuertes críticas.

Después de Harvard, Watson dirigió el Cold Spring Harbor Laboratory en Long Island, Nueva York, transformándolo en un centro de investigación de vanguardia en áreas como el cáncer, la neurobiología y la genómica. Sin embargo, su legado se complicó aún más por una serie de comentarios públicos que, a menudo, fueron tachados de racistas y sexistas. En 2007, fue suspendido de Cold Spring Harbor tras sugerir que las personas de ascendencia africana eran menos inteligentes que las de origen europeo. A pesar de una disculpa posterior y un intento de redención al subastar su Premio Nobel para donar los fondos a la caridad en 2014, sus declaraciones sobre la eugenesia y la posibilidad de una justificación genética del racismo ensombrecieron su brillantez científica. Como señaló Paul Lombardo, experto en bioética, el legado de Watson es un tapiz complejo de genialidad y opinión controvertida.

La vida de James Watson, marcada por su incuestionable impacto en la ciencia y sus problemáticas declaraciones, nos invita a reflexionar sobre la naturaleza del genio y la responsabilidad de los científicos. Su historia nos recuerda que incluso las mentes más brillantes pueden poseer contradicciones profundas, y que el avance del conocimiento debe ir de la mano con la ética y el respeto. Nos deja la tarea de discernir entre la grandeza de su descubrimiento y las sombras de sus palabras, aprendiendo de ambos para construir un futuro científico más inclusivo y consciente.