Cada interacción con los modelos de inteligencia artificial generativa, como ChatGPT o Midjourney, va más allá de la electricidad. Los centros de datos que sustentan estas potentes herramientas requieren una cantidad considerable de agua para mantener sus sistemas refrigerados y evitar el sobrecalentamiento. Investigaciones de la Universidad de Cornell sugieren que entrenar modelos de lenguaje a gran escala puede requerir cientos de miles de litros de agua dulce, lo que subraya una preocupación creciente entre los ecologistas, ya que el uso masivo de la IA podría ejercer una presión insostenible sobre los recursos hídricos.
Más allá del agua, el funcionamiento y entrenamiento de sistemas de inteligencia artificial, como GPT-4 y las tecnologías de visión computarizada empleadas en vehículos, exigen una cantidad inmensa de energía. Estudios de OpenAI y la Universidad de Massachusetts revelan que el entrenamiento de un solo modelo de IA puede generar emisiones de dióxido de carbono equivalentes a las de múltiples automóviles durante toda su vida útil. Este elevado consumo energético ha impulsado a las corporaciones tecnológicas líderes a invertir en energías renovables, aunque el equilibrio energético aún es un desafío pendiente.
En 2021, AlphaFold, un modelo de DeepMind, logró un avance revolucionario al predecir con notable exactitud la estructura tridimensional de las proteínas a partir de su secuencia genética. Este logro monumental fue reconocido con el Premio Breakthrough en Ciencias de la Vida, considerado un preludio al Nobel, y ha llevado a algunos expertos a proponer que el propio sistema o sus desarrolladores sean galardonados con este prestigioso premio. Este hecho marca un punto de inflexión, al considerar a la inteligencia artificial como un actor principal en los descubrimientos científicos globales.
La inteligencia artificial está provocando una transformación significativa en el panorama laboral, impactando a profesionales desde contadores hasta redactores, diseñadores gráficos y traductores. Informes de McKinsey y el Foro Económico Mundial advierten que una parte sustancial de las tareas humanas podría automatizarse en los próximos años, incluyendo no solo trabajos mecánicos, sino también decisiones legales, diagnósticos médicos y procesos creativos. Paralelamente, la IA está dando origen a nuevas profesiones especializadas, como la supervisión ética de sistemas de IA y el diseño de interacciones conversacionales.
Quienes poseen un teléfono inteligente interactúan diariamente con múltiples formas de inteligencia artificial. Desde los algoritmos que sugieren contenido en redes sociales hasta los que organizan correos electrónicos o corrigen la ortografía, estas tecnologías se han integrado imperceptiblemente en nuestras vidas. Empresas como Meta, Google y Apple han incorporado estos sistemas en sus plataformas, creando un ecosistema que anticipa nuestras preferencias y optimiza nuestras decisiones sin que lo percibamos. Sin embargo, esta omnipresencia plantea importantes cuestiones éticas sobre la privacidad y la influencia en el comportamiento digital.
La inteligencia artificial es mucho más que una herramienta futurista; es un agente de cambio silencioso que está remodelando nuestra forma de vivir, trabajar y comprender el mundo. Aunque su influencia no siempre es evidente, nos encontramos en una era donde lo artificial está redefiniendo los límites de lo humano, con un impacto que supera las expectativas en términos de consumo de recursos y poder transformador.