En una conmovedora narración, el alpinista Jordi Canyameres transporta a los lectores a su desgarradora expedición de 1989 en el majestuoso Dhaulagiri. Lo que comenzó como una ambiciosa ascensión en la imponente pared Oeste se transformó rápidamente en una épica lucha por la supervivencia contra los elementos y los límites del cuerpo humano. Esta crónica detalla la intensidad de la experiencia, las difíciles decisiones tomadas bajo presión extrema y el impacto indeleble que dejó en la vida de Canyameres, destacando la fragilidad de la existencia en entornos tan hostiles y la resiliencia del espíritu humano.
En el gélido otoño de 1989, los intrépidos alpinistas catalanes Jordi Canyameres y Quico Dalmases se aventuraron en la formidable pared Oeste del Dhaulagiri, una montaña de 8167 metros. Su objetivo era una ascensión en estilo alpino puro, desprovistos de oxígeno artificial y sherpas, confiando únicamente en su habilidad y autosuficiencia. Tras meses de meticulosa preparación, que incluyeron aclimatación en picos cercanos como el Hongde (6556 m) y el Tukuche Peak Occidental (6850 m), la expedición dio inicio el 3 de octubre. La ascensión avanzaba conforme a lo planeado, sorteando tramos rocosos, nevados y helados, mientras Nathalie, la novia de Quico, y el resto del equipo seguían su progreso desde el campamento base. Sin embargo, en el campamento 4, a 6600 metros, el clima dio un giro brutal. La temperatura descendió drásticamente a 40 grados bajo cero, anunciando un invierno prematuro.
El frío extremo provocó graves congelaciones en los dedos de los pies de Jordi y Quico. A pesar de los intentos de alcanzar el collado Noroeste a 7650 metros, la deteriorada salud y las condiciones climáticas insuperables forzaron una dolorosa decisión. Conscientes de la imposibilidad de continuar juntos hacia la cumbre, Jordi y Quico tomaron caminos separados. Jordi decidió un descenso arriesgado por la desconocida cara Norte, mientras Quico optó por continuar por la arista hacia la cumbre. La despedida fue un momento de profunda emoción y respeto mutuo, cada uno consciente del inmenso peligro de su elección.
El descenso de Jordi fue una odisea solitaria y angustiosa. Enfrentado a la nieve helada, grietas ocultas y avalanchas, el alpinista luchó contra el dolor físico y las alucinaciones provocadas por el agotamiento y el aislamiento. Las pesadillas y el sentimiento de desesperación lo invadían, pero la imagen de su madre y el deseo de sobrevivir por ella le impulsaron a seguir adelante. Días de lucha incesante por terrenos traicioneros, incluida una peligrosa caída en una grieta, lo llevaron al borde del colapso. Cuando ya la esperanza flaqueaba y pensaba en rendirse, la visión de huellas a lo lejos le dio un último soplo de aliento. Finalmente, tras cinco días de descenso infernal, fue encontrado y rescatado por un equipo de alpinistas liderado por Eric, un francés que había conocido en el campamento base, y otros compañeros como Gurutx y Enric Lucas.
La alegría del rescate se vio empañada por la trágica noticia: Quico nunca regresó. Su destino permanece como un doloroso enigma en la memoria de Jordi. Años después, Jordi Canyameres reflexiona sobre la expedición, reconociendo que no hay una respuesta fácil a lo que salió mal. En situaciones límite, la supervivencia no sigue un manual; es una combinación de conocimiento, experiencia, intuición y, en gran medida, la suerte. La valentía y tenacidad de Quico siempre serán recordadas por Jordi, quien lamenta la pérdida de un amigo y compañero extraordinario.
La historia de Jordi Canyameres en el Dhaulagiri es un potente testimonio de la indomable voluntad humana ante la adversidad extrema. Como lector, esta narración me deja una profunda admiración por la fortaleza mental y física de aquellos que se aventuran en las montañas más altas. Va más allá de la mera aventura; es una meditación sobre la esencia de la vida, donde cada paso, cada decisión, adquiere una trascendencia vital. La separación de Jordi y Quico, aunque desgarradora, resalta la cruda realidad de que, en los límites de la supervivencia, a veces la única opción es confiar en la propia capacidad y en el destino individual. Nos enseña que la pasión, incluso frente al peligro mortal, puede ser el motor que impulse a un ser humano a superar lo que parece insuperable. Es un recordatorio de que, en las cumbres más desafiantes de la vida, tanto físicas como metafóricas, la verdadera victoria no siempre reside en alcanzar la cima, sino en la capacidad de enfrentar la desesperación con dignidad y encontrar la chispa de la esperanza cuando todo parece perdido.